Relatos de escalada

Grandes Naturalistas en América, V. Wolfgang von Hagen

<em>Alexander von Humboldt</em> y Aimé Bonpland al pie del Volcán Chimborazo. Autor: Friedrich Georg Weitsch (1758–1828)

Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland al pie del Volcán Chimborazo. Autor: Friedrich Georg Weitsch (1758–1828)

En la juventud de Humboldt, el Chimborazo tenía la fama que le daba una especie de leyenda celestial de ser la montaña más alta del mundo. En la secreta química de las emociones, el hombre es atraído sin cesar por todo aquello que es menos accesible. Así, era inevitable que Alejandro von Humboldt intentara la ascensión al Chimborazo.

Dondequiera que iban Humboldt y Bompland en la Audiencia de Quito, veían la frígida masa del Chimborazo, cubierto de nieve, llamándoles, acuciándoles. Nadie había subido jamás a su cúspide. Para los indios era inviolable, para los criollos inaccesible. En realidad, la primera parte de sus ocho meses de estancia en Quito, fue solamente una preparación para el asalto al Chimborazo.

El contacto con Humboldt y Bompland galvanizó los sentimientos de Carlos Montúfar. Ante esos modernos europeos se dio cuenta de cuán profundo había sido el aislamiento de los reinos del nuevo mundo. Estaba destinado a ir con Humboldt a todas partes --al Chimborazo, al Amazonas, a Lima, a México, París y Londres, y todos esos viajes no eran sino preparativos para la segunda revolución americana. Pero, como sucede a menudo con los jóvenes, Carlos Montufar se anticipó. En 1810, después de tres meses de delirante gobierno revolucionario, fue fusilado en la Plaza de Quito. Pero, en junio de 1803, se estaba preparando, con Humboldt y con Bompland, para la ascensión al gran volcán del Chimborazo.

Salieron de Quito el 9 de junio cabalgando por el largo valle interandino; pasaron por las ciudades de Latacunga y Ambato, colgadas en el cielo, por el páramo seco y desértico situado en la base del Chimborazo. La noche del 22 de junio durmieron en la pequeña choza del alcalde de la aldea de Calpi. A amanecer del día siguiente, con guías indios, empezaron su histórica ascensión. Los primeros 1.803 metros fueron graduales y fáciles, pero luego el camino se hizo más y más escarpado. Cuando llegaron a la línea de la nieve, sus indios, sordos a las promesas y aun a las amenazas, les abandonaron y descendieron la vertiente, y dejaron a la expedición sin porteadores y ante 2.000 metros que escalar todavía. 'Quedamos solos --relata Humboldt-, Bompland, mi amigo Carlos Montúfar, un mestizo indio de la cercana aldea de San Juan, y yo'.

Poco a poco fueron ascendiendo por las heladas grietas del poderoso Chimborazo.

Avanzamos —recordaba Humboldt más tarde- con tanta mayor lentitud, cuanto que todos los lugares que parecían inseguros tenían que ser tanteados primero... Por fortuna, el intento de alcanzar la cúspide del Chimborazo había sido reservado para nuestra última gran empresa...

A 5.185 metros no podían ver ya la cúspide. Ahora se presentaban otras dificultades. Uno después de otro, según el metabolismo de cada uno, los exploradores empezaron a sentir náuseas y vértigo. Les sangraban los labios y las encías. Algunas ventanillas de sus ojos se rompieron y la sangre les cegaba parcialmente. Carlos Montúfar sangraba con profusión por las orejas y la boca, pero se negaba a darse por vencido. Unos cuantos centenares de metros más arriba, vieron de nuevo la cúspide en forma de cúpula.

‘Era un espectáculo magnífico y solemne, y la esperanza de alcanzar el objetivo de todos nuestros esfuerzos nos dio nuevas fuerzas’. Luego, precisamente cuando creían que podrían alcanzar la cima, llegaron a un profundo abismo, tan ancho que no había posibilidad de salvarlo. El Chimborazo había desafiado con éxito todos los esfuerzos, incluso los de Humboldt. Era por la tarde. La temperatura estaba inferior a cien grados. Don Carlos estaba visiblemente enfermo. Sacaron sus barómetros y vieron, por última vez, que el mercurio marcaba 2/1110 pulgadas, lo que mostraba, de acuerdo con la fórmula barométrica del día, que habían alcanzado una altura de 19.186 pies (5.872 metros). Esta era la altura mayor que el hombre había alcanzado jamás, y no fue sobrepasada hasta que el alpinista Webb trepó al Himalaya.

Toda mi vida había pensado --escribía Humboldt ya viejo- que de todos los hombres era yo el que había subido más alto en todo el mundo.

Hacia el final de su vida, en una edad en que los hombres no hablan a la ligera, decía que consideraba todavía al Chimborazo como la montaña más grandiosa del mundo. Y cuando en 1859 posaba para su último retrato, titán venerable con el cabello tan blanco como los glaciares del Chimborazo, la figura encorvada por la edad, la cara tan serena como la de Zeus, insistía en que le pintaran sin ninguna de sus condecoraciones. En su lugar, sugirió que se pusiera como fondo la gran montaña del Chimborazo; de todas las hazañas que había realizado en sus noventa años de vida, consideraba esta como 'la más grande'. Humboldt se detuvo sólo el tiempo necesario para meter en su bolsillo algunos trozos de roca del Chimborazo, pues preveía —este hombre tan humano-que 'en Europa nos habrían de pedir un fragmento del Chimborazo'.

Mi Delirio sobre el Chimborazo

Mi delirio sobre el Chimborazo. Pintura de Tito Salas en la Casa Natal Museo Bolivar, Caracas, 1929.

Mi delirio sobre el Chimborazo. Pintura de Tito Salas en la Casa Natal Museo Bolivar, Caracas, 1929.

Yo venía envuelto con un manto del Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del universo. Busqué las huellas de la Condamine y Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegue a la región glacial; el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que puso las manos de la eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto del Iris que me ha servido de estandarte ha recorrido en mis manos regiones infernales, surcado los ríos y los mares y subido sobre los hombros de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marca de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor del Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra?

Sí podré! y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt empañado los cristales eternos que circuyen el Chimborazo.

Llegó como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento; tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embargaba mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior, era el Dios de Colombia que me poseía. De repente se me presenta el tiempo. Bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades; ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano...

"Yo soy el padre de los siglos; soy el arcano de la fama y del secreto; mi madre fue la eternidad; los límites de mi imperio los señala el infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte; miro lo pasado; miro lo futuro, y por mi mano pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo vuestro universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la santa verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia de lo Infinito que es mi hermano".

Sobrecogido de un terror sagrado, "¿cómo ¡oh Tiempo! -respondí-, no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las presiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia; y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos del destino".

"Observa, me digo: aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de los semejantes el cuadro del universo físico, del universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado; di la verdad a los hombres".

La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos mis pesados párpados: vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio.

Viajes Científicos a los Andes Ecuatorianos, M. Boussingault, 1849

Jean Baptiste Boussingault, Químico Frances (Febrero 02, 1802 – Mayo 12, 1887).

Jean Baptiste Boussingault, Químico Frances (Febrero 02, 1802 – Mayo 12, 1887).

Mis observaciones sobre las traquitas de las Cordilleras no podían terminarse mejor que por un estudio especial del Chimborazo. Para ello habría sido en verdad suficiente acercarme a la base, pero lo que me decidió a pasar el límite de la nieve permanente, en una palabra, lo que determinó mi ascensión fue la esperanza de obtener la temperatura media de una estación extremamente elevada, y aunque esta esperanza fue frustrada, no por esto creo que mi excursión ha sido enteramente inútil para la ciencia. Manifiesto así las razones que me condujeron sobre el Chimborazo, porque repruebo las excursiones peligrosas a las montañas cuando no se emprenden en el interés de las ciencias... Mi amigo el coronel Hall, que me había acompañado ya al Cotopaxi y al Antisana, quiso hacerlo también en esta expedición, deseoso de aumentar en ella los datos que se ocupaba en recoger respecto de la topografía de la provincia de Quito, y de continuar sus investigaciones sobre la geografía de las plantas.

El día siguiente, a las 7 de la mañana, nos dirigimos hacia el Arenal. El tiempo estaba claro y sereno. Al oriente descubríamos el famoso volcán del Sangay en la provincia de Macas, que La Condamine había visto un siglo ha en un estado constante de incandescencia…

Continuamos, y, sin desmontarnos, atravesamos el límite de la nieve permanente, y solo a la altura de 4945 metros en donde el terreno es ya enteramente impracticable para las mulas las dejamos con la certidumbre de que pocos han andado a caballo en semejantes alturas, pues para ello se necesitan muchos años de práctica en los Andes. Estas pobres mulas habían tratado ya muchas veces de hacernos comprender su cansancio dejando caer enteramente las orejas y volviendo a mirar sin cesar hacia el llano a cado paso, porque estos animales tienen un instinto verdaderamente extraordinario. Después de haber reconocido el punto en que nos hallábamos, advertimos que para llegar a una eminencia que se dirigía hacia la cumbre del Chimborazo era preciso trepar antes una cuesta escarpadísima que teníamos a la vista y que se componía de piedras de todos tamaños cubiertas más o menos de hielo, y en partes se veía que estos trozos de roca descansaban sobre la nieve endurecida, y que por consiguiente se habrían desprendido recientemente de la parte superior de la montaña. Estos derrumbes son frecuentes, en medio de los nevados de las Cordilleras, y los más temibles son aquellos que arrastran más piedras que nieve…

Por fin, llegamos a la eminencia en forma de filo que nos proponíamos seguir hasta la cumbre. Desgraciadamente no era tan cómoda como lo pensábamos desde lejos, poca nieve la cubría es verdad; pero en compensación tenia declives tan escarpados que no era fácil escalarlos sin hacer esfuerzos inauditos, y en estas regiones aéreas los ejercicios gimnásticos son bastante penosos. Por ultimo llegamos a una muralla vertical, tajada en la roca traquitica, de muchos centenares de metros de altura. Aquí sentimos un momento visible de desaliento, el barómetro nos indicó que solo estábamos a 5680 metros de elevación sobre el nivel del mar, altura inferior a la que llegamos en el Cotopaxi, y también a la de la última estación de M. de Humboldt sobre el Chimborazo, a donde por lo menos queríamos llegar. Cuando los exploradores de montañas comienzan a sentir desaliento, lo primero que hacen es sentarse, y así lo hicimos nosotros en la estación de Peña Colorada. Era la primera vez que nos permitíamos descansar sentados: y como nos devoraba la sed, nuestra primera ocupación fue chupar hielo para aplacarla…

Entonces el coronel Hall y el negro dieron la vuelta a la roca en que yo estaba, y se prepararon a recibirme, puesto que yo tenía que deslizarme sobre el hielo de como 25 pies para juntarme con ellos, operación que se ejecutó sin accidente, pero una piedra, desprendiéndose de lo alto, golpeó al coronel Hall y lo hizo caer. Yo creí que estaba lastimado, hasta que le vi levantarse y examinar con su lente la muestra mineral que tan brutalmente vino a someterse a nuestras investigaciones: era un pedazo de roca traquítica, idéntica a la peña por donde subíamos…

La nieve principió a entorpecer y hacer peligrosa nuestra marcha, porque solo había ya tres o cuatro pulgadas de nieve blanda sobre el hielo duro y resbaloso que quedaba debajo y que era preciso picar para afirmar nuestros pasos. Este trabajo lo hacia el negro, que iba delante, pero como se fatigaba tanto, quise yo pasar adelante para relevarlo, cuando resbalé de repente, aunque por fortuna el coronel Hall y el negro me retuvieron, corriendo todos tres en aquel instante el riesgo más inminente. Esta circunstancia nos hizo vacilar, pero tomando una nueva resolución seguimos, y siendo ya más firme la nieve, hicimos los últimos esfuerzos para trepar por el ángulo de peñas que deseábamos, al cual por fin llegamos a la una y tres cuartos. Allí nos convencimos de que era imposible pasar adelante, nos hallábamos al pie de un prisma de traquita, cuya base superior, cubierta de una cúpula de nieve, forma la cumbre del Chimborazo.

El paraje a donde habíamos subido era un reducido pretil de algunos pies de anchura, rodeado por todas partes de precipicios, y en cuyos contornos la naturaleza presentaba los más caprichosos accidentes. El color oscuro de la roca contrastaba con la blancura deslumbradora de la nieve. Sobre nuestras cabezas se veían suspendidos como arañas de cristal largos estalactitas de hielo, o como una magnífica cascada que se hubiera congelado de repente. El tiempo era admirable, el cielo puro, el aire en calma, apenas se divisaban algunas nubecillas al occidente; nuestra vista descubría una extensión inmensa, y en tan extraordinaria posición sentíamos el más vivo contento. Estábamos entonces a 6004 metros de altura absoluta, es decir a la mayor elevación según creo a que los hombres han alcanzado en las montañas…

Viaje a Través de los Majestuosos Andes de Ecuador, Edward Whymper

A las 5.35 a.m. del 3 de enero, salimos de la tienda, y, trepando por entre los trozos de lava que habían detrás de ella, cruzamos la arista y pasamos al lado occidental del lomo. La cumbre occidental, que había estado oculta durante una parte de la ascensión, se hizo otra vez visible, coronada por escarpas verticales de lava, que se hacían más y más imponentes conforme avanzábamos. Al mirar la cumbre occidental, se notan dos series de estas escarpas: las superiores, inmediatamente debajo de la cúpula, superadas por enhiestos precipicios de hielo; y las inferiores, al extremo de una espuela que se lanza hacia el S.O. Estas escarpas inferiores no son ni tan extensas ni tan perpendiculares como las superiores; y están coronadas por nieve, y no por glaciares. Nuestro lomo se dirigía hacia su base, pero, en el punto de unión había una falta de continuidad, más bien, una separación o brecha en las rocas. Este era el punto que, cuando examinamos la montaña el 21 de diciembre, desde una distancia de 16 millas, habíamos acordado unánimemente debía ser el punto crítico de la ascensión.

Pasado este punto, la ruta seguía en línea recta. Al otro lado de la brecha, y en una extensión de 500 a 600 pies hacia arriba, el lomo estaba cubierto por grandes lechos de nieve en buenas condiciones. La aguja, casi al alcance, se erguía sobre la arista del lomo y las dos otras se hallaban todavía más alto, hacia la derecha o lado oriental. Este lomo parecía formado por un antiguo torrente de lava. Las muestras de ella tomadas in situ a distintas elevaciones, aunque se diferencian algo en su apariencia exterior, son casi idénticas en su composición, y no dudo que, algunos, por lo menos, de los principales lomos de esta montaña deben su formación a corrientes de lava. Su apariencia normal se ha modificado mucho; gran parte está cubierta por la nieve, mientras que los lugares que han quedado al descubierto, se han desmoronado, y están como enterrados en sus propias ruinas.

Después que pasamos los lechos de nieve, nuestro lomo se hacía escarpado, tanto en su arista como en el ángulo de sus declives, a ambos lados; cubierto, en partes por hielo puro, y en otras, por hielo mezclado con pedruzcos y arena. Si esta mezcla se hubiera hallado duramente helada, nos habría permitido subir sin cortar escalones; pero, los pedruzcos, a menudo, descansaban sueltos sobre el hielo, y hacían necesarias precauciones y un rudo trabajo de corte. Encontré ahí, esparcidos en unos cincuenta pies de circunferencia, muchos fragmentos o pedazos de huesos fosilizados. Sir Richard Owen, a cuya observación los sometí manifestóme que eran "huesos de algún rumiante". El desgraciado animal no subió, de seguro, por su propia voluntad a un lugar tan elevado, y yo conjeturo que fue llevado allá, entero o por partes, por un cóndor o algún otro pájaro de presa, que se lo quiso devorar con toda comodidad.

A las 7:30 a.m. llegamos al pie de las series inferiores de las Murallas Meridionales del Chimborazo, y al término del lomo del S.O. Entonces comenzaron a trabajar los picos, y los riscos resonaban bajo los golpes de los dos vigorosos primos, que no habían perdido el tiempo en una exploración, cuando pasaron por ahí el 29 de diciembre. La brecha de las Murallas, (llámola así por falta de una expresión mejor), se levantaba en un ángulo que excedía de 50 grados; aquí lo mismo que en la arista, la nieve no podía acumularse, y la mayor parte de la que caía diariamente se deslizaba en torrentes o pequeñas avalanchas, hasta llegar a declives menos abruptos; mientras el residuo, licuado y vuelto a helarse, satinaba las rocas salientes y llenaba sus intesticios con hielo sólido. Hasta ahí, y no más adelante, puede llegar una persona que no sea alpinista competente; pero, para nosotros era solo un impedimento temporal, y los Carrel estaban embelesados en este trabajo, después de la desagradable labor a que habían estado sujetos. En corto tiempo habíamos progresado bastante, y después, todos descansamos un momento. El viento se había levantado hacía media hora, y a ese tiempo comenzó a soplar con furia. Era seguro que aquel día no podríamos llegar a la cumbre; de modo que, bajando lo más pronto posible y dejando los instrumentos y equipos en los intersticios de las rocas, después de observar el barómetro, huimos en busca de refugio a la tienda, quedando preparados para partir a la mañana siguiente.

Con la pequeña disminución de presión que experimentamos ese día, (siete décimas de pulgada), no nos sobrevino ningún efecto marcado. Los más sensibles eran la laxitud que nos invadía, y la presteza con que buscábamos asiento…

El 4 de enero volvimos a partir del tercer campamento a las 5.40 a.m. La mañana era hermosa y casi despejada, y aprovechando del camino hecho en el día anterior, lo seguimos, al principio con felicidad, terminando de escalar "la brecha" hacia las 8. Dirigiéndonos entonces a la izquierda, primero sobre la nieve, y luego sobre un glaciar cubierto de nieve, subíamos en zigzags para facilitar el ascenso. Los grandes schrunds que habían a la cabecera del Glaciar de Thielmann, los evitamos con facilidad, las fisuras más pequeñas no nos dieron gran molestia, y la nieve estaba en buenas condiciones; pero había que formar escalones en ella. Después de ordenarle, al partir, que fuésemos despacio, confié por completo la dirección a Juan Antonio Carrel. En esta parte del camino noté que sus pasos se hacían más y más cortos hasta el extremo de que, la punta de un pie casi tocaba el talón del otro; Cerca de las 10 a.m. a una altura de 19,400 pies, pasamos las rocas peligrosas más altas, formadas de lava escoriácea que descansaba sobre un terreno firme, y durante algún tiempo más continuamos el camino con un avance razonable, buen tiempo y un sol espléndido.

A las 11 a.m. creímos ver el Pacífico por encima de las nubes que cubrían la parte baja del país; y poco después principiamos a entrar en la meseta de la cumbre, habiendo efectuado la mitad del circuito de la cúpula occidental. Nos hallábamos a 20,000 pies de altura, y creímos tener ya las cumbres en nuestras manos. Podíamos ver a las dos, una a nuestra derecha y la otra, un poco más lejos, a nuestra izquierda; una meseta cóncava, de un tercio de milla de diámetro mediaba entre ellas. Calculábamos que en una hora más podíamos llegar a cualquiera de las dos cumbres; y como no sabíamos cuál era la más alta nos dirigimos a la más próxima. Pero, en este punto cambió por completo nuestra situación: el cielo se nubló, se levantó el viento, y entramos en un trecho de nieve tan suave, que era casi imposible atravesarlo. El guía se enterró en ella hasta el cuello, desapareciendo casi, y, los que íbamos detrás hubimos de halarlo para que saliera del atolladero. Creyendo que habíamos entrado en un laberinto de quiebras cubiertas de nieve, tentábamos a un lado y a otro, procurando encontrar suelo firme; pero, una vez que nos cercioramos de que por todas partes sucedía lo mismo, vimos que la única manera de avanzar era arrastrándonos sobre ella a gatas, después de haberla vapuleado de yarda en yarda; y, aun así, uno u otro se sumergía, llegando casi a desaparecer.

No necesito decir que el tiempo volaba. Después de haber gastado tres horas en este trabajo, sin llegar a la mitad de la distancia que teníamos que recorrer, ordené parar a los Carrel, les expuse la situación y les pregunté si preferían volver o seguir adelante, hablaron entre ellos en patuá, y después Juan Antonio me dijo: "Cuando Ud. nos ordene volver, regresaremos; mientras tanto, seguiremos adelante. Yo dije: "Adelante!"; aunque sentía que habría sido mejor decir; "Atrás!" Después de otra hora y media, llegamos al pie de la cumbre occidental; los declives principiaban entonces a levantarse y la nieve se hacía de nuevo más firme. Llegamos a la cima a las 4 menos cuarto, y tuvimos allí el disgusto de ver que esa era la más baja de las dos. No había remedio; tuvimos que descender a la meseta, reanudar el trabajo de golpear la nieve, las andadas a gatas y las sumersiones, en dirección al punto más alto. Otra vez al llegar al pie de la otra cúpula, la nieve tomó regular consistencia, y llegamos a la cumbre del Chimborazo, andando en dos pies, como hombres; y no, arrastrándonos como bestias, como lo habíamos estado haciendo durante las cinco horas anteriores.

El viento soplaba con fuerza del N.E., arrastrando consigo copos de nieve. Teníamos hambre, estábamos empapados, entumecidos y en un estado calamitoso, cargados con instrumentos que no podíamos usar. Con gran trabajo colocamos el barómetro de mercurio; uno de los Carrel sostenía el trípode, mientras que el otro, colocado contra el viento, desplegaba un poncho para darle alguna protección. El barómetro bajó a 14,100 pulgadas, con una temperatura de 21 grados Faht., y era seguro que no bajaría ya más. Los dos aneroides (D y E) marcaban 13,050 y 12,900 pulgadas, respectivamente. Cuando el barómetro estuvo otra vez en su caja, eran las 5.20 p.m. Plantamos la pértiga con su bandera de sarga en el lugar más elevado de la cúpula, y principiamos el regreso, envueltos en una espesa neblina que nos ocultaba todos los alrededores.

Apenas restaba una hora y cuarto de luz diurna cuando corríamos a través de la meseta. Hay mucha diferencia entre subir y bajar sobre nieve suave y, además, el sendero o surco que habíamos formado a la subida nos prestaba una relativa facilidad. Todavía gastamos una hora para salir de allí, y entonces nos pusimos a correr para salvar la vida; pues nuestra llegada al campamento dependía de que pudiésemos pasar "la brecha" antes de que reinara la oscuridad. Llegamos allí en el preciso momento en que principiaba a desvanecerse la luz, y la noche había cerrado por completo antes que la acabásemos de pasar; una noche tan oscura, que no podíamos vernos la palma de la mano; no nos dábamos cuenta, si no era por el tacto, de si andábamos sobre rocas o sobre nieve. Alcanzamos a ver el fuego del campamento, a unos 1,200 pies debajo de nosotros, oímos las voces del desconsolado Perring, a quien habíamos dejado para que guardase el campamento, y nos deslizamos a ciegas a lo largo del lomo, llegando a él antes de las 9 p.m., después de haber estado ausentes durante casi 16 horas, y en pie todo ese tiempo…

Libro Montañas del Sol, de Serrano, Rojas y Landazuri

Augusto <em>Nicolás Martínez</em>: Científico Ecuatoriano, Montañista, Granjero, Investigador y Educador, Ambato 1860 - 1946.

Augusto Nicolás Martínez: Científico Ecuatoriano, Montañista, Granjero, Investigador y Educador, Ambato 1860 - 1946.

El 20 de Abril de 1906, hice mi primera tentativa para ascender a la cumbre del Chimborazo, acompañado de Juan León Mera I y de Pablo Saá Borja de Ambato; pero debido a la falta de preparativos previos, fracasamos en nuestro intento y nos vimos obligados a regresar de una altura de cerca de 6000 metros sobre el nivel del mar, por no haber podido traspasar la muralla de rocas que interrumpe el paso hacia la cumbre. Pero, en la segunda tentativa, el éxito más completo coronó mis esfuerzos, y me cabe el orgullo de haber puesto mis plantas en la cumbre más temática del Rey de los Andes, acompañado de Miguel Tul, indio de pura raza, a quien yo había ejercitado con anticipación para esta clase de sport. A continuación doy algunos pormenores de mis ascenso al famoso nevado.

Ya deben haber tenido ustedes conocimiento que mis compañeros de viaje fueron los estimables y simpáticos caballeros franceses, señores Paul Suzor, y Dr. Pierre Reimburg; pero lo que seguramente ignoran es que con estos caballeros tenía yo un compromiso formal, desde meses atrás, para acompañarles en una ascensión al Chimborazo, y si antes no la habíamos realizado, fue debido a que primeramente tratamos de adquirir el material de ascensión, del que carecíamos... Así pues, nuestro primer cuidado fue pedir a Francia verdaderos y legítimos piolets, crampones, guantes, anteojos, etc. todo lo cual no pudo llegar sino en los primeros días de enero.

Además, como se trataba de ascender a una montaña de difícil acceso y muy elevada, y como quería yo asegurar, en lo posible, el buen éxito, aconsejé a mis compañeros que traten de ejercitar sus músculos y pulmones, haciendo algunas ascensiones al Pichincha: yo, por mi parte tampoco descuidé esa precaución, y en los meses de octubre a enero, ascendí tres veces consecutivas al Tungurahua, con las cuales adquirí un magnífico entrainemaint, como dicen los franceses.

Estas ascensiones me sirvieron también para descubrir un compañero valiente y decidido a toda prueba, en el indio Miguel Tul; pues en ellas se mostró como un hombre desprovisto de nervios y de una resistencia verdaderamente maravillosa…

El 16 de Enero de 1911, llegaron a Ambato los señores Paul Suzor y doctor Pierre Reimburg, encargado de negocios de Francia el primero y de una misión científica por el gobierno de la misma nación el segundo, con quienes había contraído, meses antes, un formal compromiso para intentar la ascensión al Chimborazo.

El 17 nos trasladamos a la hacienda “Cunungyacu” situada al Noroeste del nevado; el 18 instalamos nuestro campamento a la altura de 5 150 metros en el mismo sitio que tuvo el suyo, 8 años antes, el célebre viajero alemán, Profesor Hans Meyer. Como el doctor Reimburg fue atacado de un terrible soroche la misma tarde que llegamos al campamento, no pudimos hacer la ascensión el 19, esperando que mejore, pero con todo, aprovechamos del tiempo, subiendo con el sr Suzor y nuestros dos pajes, hasta la cintura de rocas que me detuvo en el viaje anterior, con el objeto de buscar un paso practicable entre ellas, ya que estaba convencido que vencida esa dificultad, el éxito era seguro. Efectivamente, encontramos un lugar muy favorable y poco peligroso y regresamos nuevamente al campamento desde una altura de 5 900 metros.

Nicolás Martínez, campamento en el Chimborazo, 1911

El 20, a las 4,30 de la mañana emprendimos la ascensión, pero sin el doctor Reimburg, quien no había mejorado; tres horas después pasamos con todo felicidad la cintura de rocas y nos hallamos sobre el inmenso ventisquero de Stübel, situado al noreste del Chimborazo. A la altura de 6 040 m, el señor Suzor se vio obligado a desistir de seguir adelante, porque sintió que se le habían congelado los dedos de uno de los pies, y con harto pesar mio, tuve que dejarlo allí, en companía de su paje, Manuel Cárdenas. Seguí pues, la ascensión únicamente acompañado de Miguel Tul, y un cuarto de hora después nos hallamos detenidos por una grieta ancha y profunda que cruzaba la pendiente helada, a la cual la pasamos por un endeble puente de hielo; en ese momento la aguja del barómetro aneroide arreglado para medir alturas inferiores a 20 000 pies (6096 m) se quedó inmóvil. A las 12 del día coronábamos la cumbre Veintimilla, a 6 220 metros sobre el nivel del mar.

Tenemos delante una pendiente de algo más de 100 metros que es preciso subir; pero otra vez la nieve no ofrece consistencia y trepamos penosamente: a poco y tomando descanso cada ocho o diez pasos voy subiendo, hasta que al fin me encuentro en la cumbre del Chimborazo, a la cual bauticé con el nombre de Whymper, en recuerdo del primer ser humano que puso sus plantas en esa altura. Con cierto temor dirijo la mirada por todos lados, pues temo tener que trepar aún más; pero no, me hallo en la verdadera cima y nada hay más alto en el contorno. Son las 12 y 55.

Imposible describir la impresión que siento al pisar la cumbre del Rey de los Andes: es una mezcla de gusto, de satisfacción, de estupor al ver coronados mis esfuerzos y también ¿por qué no decirlo? de orgullo porque cuantos habían intentado llegar, hasta donde yo he puesto mis pies, excepto Whymper y tal vez Usuelli, se vieron obligados a desistir de su empresa.

En la cumbre del Chimborazo, que se halla, según la misión geodésica francesa a 6 270 m, permanecí media hora tratando de ver algo del inmenso panorama que debe gozarse de alli, el cual por desgracia, se hallaba oculto por un mar de nubes que se extendía hasta los últimos límites del horizonte, exceptuando únicamente hacia el Noreste, en cuya dirección veía algunos páramos y a inmensa distanca, un horizonte azul que se confundía con el cielo, que creo sería el mar. Hacia el norte del inmenso mar de nubes sobresalía como una isla lejana, la cumbre del Cotopaxi coronada de un penacho de humo negro; y al oriente, algunos picos nevados del Cerro Hermoso, es todo cuanto pude ver desde alli.

Después de haber clavado fuertemente el bastón de mi compañero y de haber atado en él, uno de los cuatro pantalones que llevaba puesto el mismo, con objeto de que sea visible a la distancia, ya que la bandera quedó por olvido con el señor Suzor, emprendimos el regreso y después de tres horas de constante descenso, llegamos al campamento a las 5 de la tarde, en donde no encontramos sino al señor Suzor, pues el doctor Reimburg había descendido a la hacienda después de haber observado con el anteojo, mi llegada a la cumbre Veintimilla, la única visible desde el campamento.

Tres días después que nos hallabamos al pie norte del gran Chimborazo, merced a una mañana completamente despejada, mis dos compañeros pudieron ver con los anteojos, el pantalón de Miguel Tul en la cumbre del Chimborazo.

American Alpine Club

Poco más de un día después de nuestra partida del Iliniza, nos encontramos al final de la ruta en jeep en la vertiente norte de Chimborazo. Aunque el clima no era perfecto, era incomparablemente mejor que la variedad del Iliniza. Pudimos ver lo suficiente como para estudiar posibles rutas de ascenso. Evidentemente, solo había una línea bastante segura, libre de los peligros de la caída de hielo y las avalanchas, la dorsal norte. Su parte inferior era aguda y pronunciada y no parecía demasiado difícil. Más arriba, esperábamos dificultades técnicas donde la cresta terminaba bajo una barrera de hielo de varios cientos de pies de altura, que recorría todo el lado norte de la montaña. Era evidente que necesitaríamos varios campamentos por encima de nuestra “carretera” a 14,000 pies, que todavía estaba a un par de millas de la base adecuada de la montaña.

Durante dos días llevamos cargas para establecer un campamento base avanzado a 15,300 pies y un escondrijo a 16,500 pies. Nuestra base avanzada era un lugar encantador al pie de una morrena gigante. El agua goteaba de las rocas y los últimos puestos de vegetación nos rodeaban.

El 8 de agosto, todos nos mudamos a un campamento superior, ligeramente por encima de los 17,000 pies. Esa tarde George Barnes y Bill Ross se dispusieron a explorar la gran barrera de hielo. Mientras tanto, el resto de nosotros trajimos más provisiones al Campamento I, una pequeña plataforma entre el borde del glaciar y una empinada ladera congelada sin la amabilidad de nuestro último campamento. George y Bill trajeron buenas noticias por la noche. Habían encontrado una ruta a través de la cascada de hielo y llegaron a un punto desde el cual las pendientes comparativamente fáciles conducían a la cumbre. A partir de ahí, el resto fue principalmente una cuestión de determinación.

Al día siguiente, llevando cargas de 50 a 60 libras, todos comenzamos a sentir la altitud pero estábamos de buen humor debido al segundo día consecutivo de buen tiempo. Alrededor del mediodía llegamos a la cascada de hielo. Los primeros tramos de cuerdas eran tan empinados como se los miraba desde abajo. Este acantilado estaba compuesto del material más extraño. No era hielo, ni uno de los 23 tipos de nieve conocidos por la ciencia. Debe haber sido algo dulce: merengue, hecho de azúcar y claras de huevo. ¡Oh Señor! Qué agotador fue subir una pendiente de merengue de 60 ° con un paquete pesado a 18,000 pies. Cerca del agotamiento, llegamos a una gran grieta justo encima de la cascada de hielo. Ese sería el Campamento II. Bajamos al fondo de la grieta y después de probar el fondo, montamos nuestras dos carpas de dos hombres. Parecía un nivel ideal, espacioso y bien protegido del viento. Un poco más tarde tuvimos que cambiar nuestra opinión. ¿Habíamos, por error, acampado en un túnel de viento supersónico?

A la mañana siguiente, un frío intenso y un cielo inmaculado prometían un clima más hermoso. ¡Este iba a ser el día de la cumbre! Poco después de las siete partimos del campamento, vestidos con toda nuestra ropa. Hubo algunas grietas grandes y algunos problemas menores de búsqueda de ruta, pero el resto fue trabajo y monotonía a través de más del merengue. El primer hombre abrió el sendero, pero no dejó un sendero abierto detrás de él.

A la 1:30 nos arrastramos por la última pendiente del pico norte de Chimborazo. Los escaladores ecuatorianos nos habían dicho que esta cumbre no había sido escalada previamente. Cierto o no, apenas merecía llamarse un pico; hombro norte sería un nombre más apropiado.

Después de que se hubo disipado la niebla, en la que habíamos pasado unos quince minutos, notamos otro pico más alto hacia el sur. Por un momento estábamos confundidos. ¿Era ese el pico principal de allí? ¿O no habíamos llegado a la cumbre norte? Lo que sea que sea, lo subiríamos. Después de otra hora de trabajo, llegamos a la cima de una vasta meseta casi nivelada, la mitad del tamaño de un campo de fútbol. No hubo un pico más alto. ¡Hurra! ¡Habíamos escalado la montaña más alta del mundo, más alta que el Monte Everest, si medías desde el centro de la tierra!

El viaje de regreso al Campamento II transcurrió sin incidentes. Durante la noche surgió una terrible tormenta, robando nuestro sueño. A la mañana siguiente todo estaba cubierto de nieve fresca y escarcha. La visibilidad era mala y el viento todavía soplaba ferozmente. Levantamos el campamento y descendimos inmediatamente. Llevando con nosotros solo las cosas más valiosas de nuestros campamentos inferiores, llegamos al automóvil a las cinco p.m. ¿Qué piensan, camaradas, sobre conducir esta noche a la ciudad de Ambato, para disfrutar de la hospitalidad del Hotel Florida?

Revista Deportes sin Límite, Julio de 1983. Autor: Rómulo Pazmiño.

La Agrupación Excursionista Nuevos Horizontes, en conmemoración del bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar, organizó una ascensión al Chimborazo, montaña cuya belleza e imponencia inspirara al Libertador su célebre Delirio. Esta ascensión iría de oriente a occidente pasando por encima de todas las cumbres del coloso, es decir, se trataba de efectuar lo que en términos alpinísticos se denomina una integral. La llegada a la cima máxima estaba planificada para el domingo 24 de julio. Todo presagiaba el éxito de la empresa, pero un inesperado cambio de las condiciones del tiempo determinó otra realidad...

JUEVES 21 DE JULIO

El amanecer nos sorprende llegando a la ciudad de Riobamba, en medio de una ligera pero pertinaz lluvia. La camioneta contratada con anterioridad está esperándonos y luego de un pequeño desayuno nos embarcamos rumbo a la montaña.

El grupo Io integramos Carlos Cevallos, Jorge Castillo, Maximiliano Yépez y Rómulo Pazmiño. Cada uno ha demostrado óptimas condiciones físicas, técnicas, síquicas y de interrelación; se trata por Io tanto de un equipo fuerte y homogéneo. Según el plan inicial, debemos emplear 4 días en recorrer todas las cumbres del Chimborazo.

De Riobamba nos dirigimos hacia Chuquipogyo en donde abandonamos el asfalto y nos adentramos por campos de mellocos, alverjas, habas y cebada. El mal estado del camino impide que nuestro vehículo sobrepase los 3.700 metros; así que repartimos la carga entre los 4 y emprendemos la marcha pletóricos de entusiasmo a pesar de la llovizna.

Al dominar la primera cuchilla surge un momentáneo desconcierto: no vemos nada. La montaña se encuentra en alguna parte escondida en un espeso banco de nubes. Conectamos nuestro piloto automático y, siguiendo lomas y quebradas, comenzamos a ganar altura por el páramo, procurando, eso sí, evitar encuentros desagradables con ganado bravo. A las 5 de la tarde decidimos acampar en medio de fuerte ventisca a una altura de 4.800 m. Para nuestra fortuna, el pico Nicolás Martínez se despeja durante 5 minutos, permitiéndonos comprobar que no estamos demasiado desplazados de la ruta que inicialmente nos impusiéramos.

VIERNES 22 DE JULIO

Luego de soportar una noche fría y ventosa, desarmamos el campamento y reiniciamos la marcha a las 9 de la mañana por una larga y empinada cuchilla cubierta de escarcha. El paisaje es gélido, una niebla densa lo envuelve todo y la ventisca azota inmisericordemente nuestros rostros. El avance, aunque constante es lento debido a la gran cantidad de nieve fresca.

Al llegar al zócalo de la montaña decidimos huir de la tormenta que nos golpea desde el noreste y emprendemos una larga travesía hacia el lado sur. Al mediodía calzamos los crampones y formamos dos cordadas: la primera con Rómulo y Carlos y la segunda con Max y Jorge. Iniciamos la escalada por pendientes de hielo, nieve y rocas hasta llegar a una plataforma a 5.100 m. de altura; no se ve más allá de 20 metros, sólo el instinto y la experiencia guían nuestros pasos por estos solitarios parajes desconocidos para nosotros. La travesía continúa por el pie de unos grandes farallones rocosos de cuyo alto se precipitan aludes de nieve polvo que nos dejan sin respiración. Seguimos avanzando sin saber muy bien hacia dónde. De pronto descubro un paso que parece conducir hacia arriba. Son las 4 de la tarde, nos encontramos escalando una fuerte pendiente de nieve fresca, pero consistente debido a la baja temperatura reinante; las pesadas mochilas nos obligan a concentrarnos hasta en los más mínimos movimientos. Vamos ganando altura. A las 6 nos detenemos para construir una plataforma donde instalar la tienda. Nuestro segundo campamento parece más bien un palomar colgado de la torre de una catedral de hielo; hacia abajo insondables precipicios y encima de nuestras cabezas gigantescas estalactitas que amenazan desprenderse en cualquier momento.

¿Dormir?... i Imposible! Menos mal que la cena es excelente y el buen humor no decae. La música que fluye suavemente de la flauta de Carlos acaricia los flancos y desfiladeros de la montaña, como tratando de amansarla, y reconforta al mismo tiempo nuestro ánimo.

SABADO 23 DE JULIO

Reiniciamos la escalada a las 9 de la mañana, primero por la izquierda, pero el paso está cortado por acantilados. Torcemos entonces hacia la derecha por la base de la pared hasta bordearla por el oriente y enderezamos nuestro rumbo hacia la cumbre, siguiendo un largo y pronunciado corredor que nos deposita al pie del Pico Nicolás Dueñas. Las condiciones de visibilidad son muy variables. Continuamos el ascenso hasta una plataforma donde descansamos unos minutos y, finalmente, por una cuchilla de nieve muy blanda donde nos hundimos hasta las rodillas alcanzamos nuestra primera meta: la cumbre Nicolás Martínez, de 5.460 m. Son las 14.30 horas.

Volvemos Iigeramente sobre nuestras huellas y emprendemos enseguida el descenso hacia el collado entre las cumbres Martínez y Politécnica. Descenso alucinante, la niebla difumina la luz y suprime cualquier sombra, haciéndonos perder toda noción de las distancias y las proporciones.

La pendiente de la cumbre Politécnica es suave, pero agotadora debido a la nieve floja. En el último tramo Max queda suspendido de repente sobre una grieta, los bordes comienzan a desmoronarse...! Felizmente nos hallamos cerca y podemos auxiliarlo enseguida.

Son las 6 de la tarde y nos encontramos casi sobre el domo de la cumbre Politécnica. El viento y el frío son insoportables; pese a la ropa de pluma y el buen calzado, comenzamos a sentir principios de congelamiento. Debemos detenernos. La luna aparece en el momento de terminar de instalar la tienda. La temperatura es bajísima, unos 20 grados bajo cero; no hay manera de desprender las polainas que el hielo ha soldado a las botas.

DOMINGO 24 DE JULIO

A las 9 de la mañana estamos otra vez en camino y en pocos minutos llegamos a Io alto de la cumbre Politécnica, de 5.820 m. Comenzamos a descender; la niebla hace que nos desviemos hacia el filo de los acantilados del costado meridional de la montaña, pero nos damos cuenta a tiempo del peligro y corregimos el rumbo hacia la cumbre máxima.

Es nuestro cuarto día de ascensión y el cansancio y la deshidratación son notorios. El esfuerzo físico a casi 6.000 m. de altura produce un desgaste acelerado, avanzamos muy lentamente. Para aplacar la sed bebemos un litro de dextrosa de baja concentración salina que tomamos de nuestro botiquín y que resulta agradable. Al llegar debajo de la gran barrera de séracs y grietas que defiende la cumbre, decidimos acampar; es temprano todavía, las 16 horas, pero creemos que es mejor descansar bien pues mañana nos espera una dura y larga jornada. Estamos preocupados, hoy teníamos que haber descendido al refugio Whymper, nuestros amigos deben estar alarmados...

LUNES 25 DE JULIO

Dormir a 6.000 m. de altura es siempre una prueba exigente, pero el grupo ha respondido bien; aparte de un ligero dolor de cabeza que se alivia con una aspirina, ninguna molestia. La reciente experiencia de mis compañeros en la travesía del Cotopaxi los ha preparado adecuadamente.

Partimos a las 8.30 horas; las mochilas pesan menos y, ¡por fin! , brilla el sol. Bordeamos la barrera de séracs por el norte hasta encontrar un paso por el que dominamos un primer nivel, pero de aquí no pasamos... nuevos obstáculos se extienden transversalmente hasta donde alcanza la vista. Volvemos sobre nuestras huellas hacia la parte central y luego de mucho buscar descubrimos finalmente una cornisa diagonal que ofrece posibilidades. Con el cuidado de un cirujano y casi sin respirar, abrimos un canalete en la frágil estructura de hielo, por donde con mucho tino pasamos uno por uno. Encontramos luego terreno más consistente que nos permite ascender más rápido; una última rimaya y, de repente, nos encontramos bajo el radiante domo de la cumbre principal.

Después de 4 días de andar casi a ciegas, tanta luz y colorido nos deslumbra. Las montañas de la patria se han despojado de su abrigo de nubes para saludarnos, allí están todas, desde el Cotacachi hasta el Sangay, esplendorosas y altivas... ¡imposible pedir más!

A cada paso la nieve cruje y cede bruscamente, haciéndonos desfallecer. Sólo el saber que libramos la última batalla nos anima a continuar. Un esfuerzo más y... igracias a Dios!... llegamos por fin a la cumbre máxima del Chimborazo. Son las 17:30 horas, estamos a 6.310 m. de altura sobre el nivel del mar. Nos abrazamos emocionados.

Hemos triunfado, pero aún nos queda el descenso. A pesar del radiante sol, el frío es intenso. Bajamos al collado entre las cumbres Whymper y Veintimilla a instalar nuestro último campamento a 6.200 m. El día muere cuando nos metemos en la tienda...

MARTES 26 DE JULIO

Consumimos las últimas provisiones: galletas, mermelada, un poco de té y algunos caramelos. Estamos muy cansados y nos cuesta trabajo levantarnos. Son las 10 de la mañana. De pronto... iaviones!... 2 jets pasan muy cerca aturdiéndonos con su ruido atronador... iahí vienen de nuevo!... los saludamos alborozados... inos han visto!...

Desarmamos rápidamente el campamento y nos ponemos en marcha. Tardamos dos largas horas en dominar la cumbre Veintimilla, la nieve está tremendamente blanda, y sin detenernos emprendemos el descenso hacia el refugio Whymper. Al asomarnos a la cabecera del glaciar observamos a 4 andinistas subiendo por la arista; suponemos que son compañeros de nuestra Agrupación que vienen a ayudarnos. Efectivamente, se trata de un grupo de rescate al mando de Julio Tinajero y Hugo Carrillo. Lágrimas de emoción de parte y parte. Continuamos bajando y ya muy cerca del refugio puedo abrazar a mi padre y a mi hermano René. La aventura ha concluido felizmente.

Cansados pero contentos nos disponemos a partir hacia Riobamba, cuando aparece un helicóptero que luego de sobrevolar la montaña se posa muy cerca de donde estamos. De la cabina desciende Leonardo Droira, su cara revela la alegría de encontrarnos sanos y salvos; nos informa que los aviones de esta mañana no Iograron vernos, por Io que decide partir inmediatamente llevando la buena nueva a nuestros parientes y amigos.

Mientras descendemos por el camino rumbo a la ciudad, nos volvemos un instante para contemplar la majestuosa montaña. Nunca nos ha parecido tan hermosa…

Revista Campo Abierto No. 13, Octubre de 1990. Autor: Iván Vallejo.

El 27 de diciembre a las 8 de la mañana desatábamos las cuerdas al pie de la arista y como en todo inicio de escalada había en el ambiente una mezcla de ansiedad y emoción.

Aun sentía en mi interior el ritmo de "A mi Dios todo le debo", la mejor canción de Joe Arroyo, las fiestas de Quito, de Navidad, Chayane y la discoteca.

La idea de esta escalada surgió un día en que conversábamos con Ramiro sobre el libro "La integral de Peuterey". -Aquí también podemos hacer algo parecido. Dijo, con su característica manera de decir las cosas que consideraba importantes. -¿Dónde? Le pregunté con cierto asombro. -La integral del Chimborazo por la Arista del Sol.

Empezamos a planificar cómo llevar a efecto esta hermosa travesía. Lo haremos "superligeros" -dijo. Esto es: nada de carpas ni campamentos, solamente la funda de vivac, un reverbero, una olla, algo de comida, pero muy poco, y por las noches agua. Mucha agua.

Pero la vida es así. Esta vía permanecerá, por siempre, en espera de sus pisadas y su voz.

Ahora somos Oswaldo y yo. Cuando le llamé por teléfono a inquietarle, más me demoré en decírselo que él en aceptar.

De las mochilas "superligeras- me pesaban hasta las costuras ¿y que hay en ellas? únicamente habíamos metido la bolsa de vivac, la de dormir, comida deshidratada, un hornillo y alguna cosita más. Seguramente esa cosita más era la del problema.

La arista constituye una hermosa escalada. Su roca, sin ser de lo mejor, es buena aunque algún día podrían caerse torres enteras cansadas de guardar equilibrio por tanto tiempo.

Nos turnábamos la punta. En más de una ocasión tuvimos que desandar lo andado para evitarnos un artificial o un paso aéreo sobre alguna cornisa. Ya en la marcha íbamos echando mano de cintas. Nuts, dedos, manos, es decir, lo que funcione.

Hace un mes más o menos el Willie Navarrete y el Lucho Naranjo escalaron esta vía, hasta la Nicolás Martínez, en cinco horas. ¡Vaya que volaron! y nos habían explicado por donde tomar en cada sitio. Hoy es evidente que la ruta ha cambiado mucho y las cinco horas que ellos hicieron hace rato que nos pasaron.

Son casi las seis de la tarde cuando entramos en el hielo. Oswaldo intenta una docena de veces meterse a un corredor de nieve floja, todo se derrumba bajo sus pies, no puede agarrarse a nada. Al final, más con coraje que con técnica, logra salir y colocar un tornillo para descansar. En el Siguiente largo tengo suerte; es un hielo bellísimo, muy duro pero limpio.

A las 6h30 el cabreo llega a su máxima expresión. Llevamos diez horas escalando "superligeros" y seguimos en la arista y peor aún, no sabemos por dónde mierda será la salida. Por hoy se acaba la película. No se cómo lo hicieron en cinco horas.

PRIMER VIVAC

Es una repisa pequeñita, incómoda, colgando de la pared. Hay que asegurar todo: cámaras, cascos, ilusiones y alegrías, no sea que salgan volando directo a Chuquipogyos.

Eso de meterse en estas condiciones dentro de la bolsa de dormir, moviéndose lo estrictamente necesario para evitar que algo se caiga y el acomodarse lo mejor posible contra la roca para disponerse a preparar una reconfortante sopa es todo un rito y lleva su tiempo. Pero, ¿con qué agua hacemos la sopa? Habíamos descuidado el aprovisionarnos de nieve para fundir y el nevero más próximo estaba doce metros más arriba tras escalar un corredor. Con todo lo que había costado empaquetarme en la bolsa y acomodar las costillas a los resquicios de la roca.

Fue una noche bellísima. Comprendí entonces a Rebuffat cuando hablaba de los vivacs y trataba afanosamente de fijar en mi memoria al menos los nombres de las constelaciones que Oswaldo me mostraba: de Orión el cinturón, la espada, esto y lo otro. A ratos me dormía y a ratos repasaba la lección de astronomía.

LA NICOLAS Y LA POLI

No había duda de que todo ha cambiado desde la última vez que estuve aquí. Una estaca de los "superveloces”, que en un primer momento nos llenó de alegría, nos ha confundido del todo y estamos escalando sobre un hielo tenaz de una rampa que cuelga sobre el vacío como un balcón de cristal mirando a la Politécnica.

Ya llevamos casi tres horas escalando y no damos con la salida. ¿Por dónde diablos habrá subido el Willie? Me dijo que tomáramos siempre a la derecha y estamos dándole a la derecha. Hasta que por fin, dos largos hacia la izquierda y salimos.

Cerca de la cumbre me acordé de la fea experiencia del año pasado. Estábamos también intentando la integral. Serían las seis de la tarde cuando en el momento justo en que me disponía a gritar a mis compañeros que estábamos ya sobre la Nicolás Martínez, todo se hundió bajo mis pies con un gran estruendo. Habrían de pasar casi tres horas hasta volver a abrazar a mis compañeros que me ayudaron a salir de esa tumba de hielo.

Ahora eran las 13h30. Oswaldo adivinó mis pensamientos y comprendió que debía sentir miedo ante tales recuerdos, pero con un abrazo supo devolverme la confianza para poder gozar de nuestra primera cumbre por la arista y -superligeros-.

De la Nicolás a la Poli, aparte del susto de ver desaparecer a mi compañero en una grieta, no hubo mayores contratiempos y a las 15h30 dejamos plácidamente que el viento nos ahogue al golpear nuestros rostros sobre la segunda cumbre.

Qué hermoso sitio. Tan inmenso y bello y, modestamente, sólo para nosotros. Nos dirigimos a la Máxima buscando el flanco nororiental, pues con mi experiencia del año pasado podía ver que la grieta de la cumbre si no estaba igual, estaba más grande aún.

A las 17h00 nos declaramos en *locura total* y ahí se acabó el día de escalada para comenzar con el rito del vivac, acomodar las costillas a la cuerda y hacer agua. Mientras fundíamos nieve, hablábamos de las cosas que se habla a los 6000 metros: la casa, la novia, los grandes amigos.

En medio de tanta paz y tantas estrellas al maldito reverbero se le ocurrió explotar. Se quema la bolsa de vivac, se achurruscan los colchones, se riega el agua, se moja todo... Mil veces mierda de reverbero!

A LA MÁXIMA

Por la derecha no hay tal. Son unos seracs que esperan que uno los quede mirando para declararse a favor de la ley de Newton. Sin más volvemos sobre nuestros pasos y nos dirigimos hacia la enorme grieta. Está igual que el año pasado, inmensa, descomunal. Por un momento pienso en mi hijo Andrés, seguramente él con la batiancla Io solucionaría todo, pero ahora ni tenemos el ancla ni Batman está con nosotros. Pero Oswaldo encuentra la solución.

Con su terquedad característica de no querer retroceder hasta no intentar o investigarlo todo, logró dar con el ansiado paso.

Entre seguros, cuerdas y canciones nos dieron las 18h30. Empezamos a escalar la pared pero decidimos detenernos. Total, mañana veremos que falta por hacer. Un agujero excavado en el hielo nos brindó abrigo por esa noche.

AHORA SÍ. POR FIN

Con paciencia franciscana logramos obtener, en cuatro horas, media cantimplora de agua. No estaba mal, pero tampoco bien para un par de muertos de hambre y sed como estábamos ese momento.

Sobre nosotros quedaba la pared de hielo y una travesía por unos -tubos- de hielo. Esa travesía fue fantástica: hielo de un azul límpido y transparente, dos herramientas y dos puntas, tornillos, cuerda y seguros. Me sentía feliz por Io que era, de hacer Io que estaba haciendo y saber que Io íbamos a conseguir.

Por fin la pendiente iba muriendo y con ella íbamos perdiendo también esa fuerza llena de lucidez que teníamos hasta poco antes. Al saber que sólo había que caminar en espera de que se aplane el horizonte, súbitamente nos alcanzó el cansancio acumulado de los últimos cuatro días con sus tres vivacs.

Los últimos metros fueron infinitos pero maravillosos. Lo estábamos logrando. Más felicidad no podía caber en mí y agradecía a Dios a la manera de Joe Arroyo: ¡Ay Papá, como te quiero Papá!

A las 15h30 la cumbre. Nunca la sentí tan bella, tan grandiosa, con tanta energía. Sin poder contener las lágrimas abracé a Oswaldo, mi amigo y compañero de aventura.

Mirando el cielo, que se presentaba infinitamente azul, pensé en el Ramiro. Gracias ñañón. Sé que todo el tiempo estuviste con nosotros y si lo logramos fue por ti y en tu nombre.

Otras rutas abiertas
Cumbre Whymper (ruta Totorillas o Ghiglione): Piero Ghiglione, Isidoro Formaggiio, Wilfrid Kuehm1939
Primera Cumbre Politécnica: Adolfo Holguín, Leonardo Meneses, César Ortíz, Santiago Rivadeneira, Ramiro Sáenz y Diego Terán1971
Primera Cumbre Nicolás Martínez: Jerzy Dobrzysky, Gustav Grizez, Andrzy Paulo1972
Primera Nacional Nicolás Martínez: Marco Cruz, U. Schun1976
Primera Nacional Cumbre Norte y Whymper (cara norte): Manuel Jácome, Sixto Rosero, Rogelio López, Rodrigo Martínez, Patricio González y Patricio Loaiza1979
Primera Integral del Chimborazo: Club de Andinismo ESPE1980
Primera Cumbre de la Piedra Negra: Javier Cabrera, Antonio Estupiñán, Oswaldo Morales, Iván Vallejo1983
Cumbre Nicolás Martínez, por la Arista del Sol: Ramiro Navarrete, Jorge Anhalzer y Rómulo Cárdenas1983
Cumbre Politécnica, Arista entre los glaciares Humboldt y Bossingault (flanco sur): Ramiro Navarrete, M. Arboleda, O. Leiva1983
Cumbre Politécnica, Nueva ruta directa por el flanco sur: A. Bucheli, W. Navarrete, Oswaldo Morales, Iván Vallejo1984
Cumbre Politécnica, ruta por el glaciar Hans Meyer (flanco noreste): Marco Solís, Belén Prado, Darwin Lomas, Francis Flores, Mateo Egas, David Díaz, Santiago Guadalima, Carolina Lucero, Luis Gualco, Sebastian Silva, Jean Carlo Chinguercela2018

* Pintura de portada: Chimborazo Volcano, by Rudolf RESCHREITER (1868-1938), German Painter.

Reserva de Producción Faunística Chimborazo